El fantasma del payaso Joseph Grimaldi

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Grimaldi conocido por ser el padre de los payasos modernos, tras su muerte, nunca pudo descansar en paz. Mas de tres siglos después continúa vagando como alma en pena en el teatro que una vez  presenció sus actuaciones…

El teatro Royal Drury Lane es el más antiguo entre los teatros londinenses. Se inaguró hace más de tres siglos, en 1663, aunque el edificio actual fue creado en el año 1812. Como tantas otras construcciones grandes y viejas que han visto pasar a varias generaciones, este teatro cuenta con un abanico de historias sobre diversos fantasmas que, hasta el día de hoy, siguen siendo vistos, alimentándose así el fuego de la leyenda.

Entre esos fantasmas está el Hombre de Gris (nadie conoce su identidad, pero especulan que es el espíritu de un hombre asesinado por una amante celosa), el espíritu del bailarín y comediante Dan Leno e, investido por el halo de lo escalofriante, el mítico fantasma del gran Joseph Grimaldi, quien en vida ya gozó de fama y actualmente es llamado “el padre de los payasos modernos”, ya que fue él quien, con sus inmortales actuaciones y su aspecto original, estableció las bases de la pantomima moderna y desplazó al antiguo arlequín, por lo que aún a veces, al menos en Inglaterra, se les llama “Joeys” a los payasos de cara pintada que todos conocemos.

Un rostro pálido flotando en la penumbra

Más o menos desde mediados del siglo XIX (Grimaldi murió en 1837), en el teatro Royal Drury Lane se cuenta que a veces, en medio de las funciones del teatro, en algún elevado y solitario palco se ve a un payaso observando, como quien evalúa, a los actores de la obra. Ese payaso de cara blanca es Joseph Grimaldi: contemplando, desde las sombras luctuosas de la muerte, aquello que alguna vez constituyó la pasión de su vida.

Limpiadores, actores, espectadores, más de una persona de cada grupo ha visto al alma en pena del mítico payaso. Y en ciertas ocasiones la forma en que ésta aparece es aterradora… Así, cuentan que a veces, en medio de la penumbra, ha aparecido flotando la cabeza de Joseph Grimaldi: sin el cuerpo, con los contornos borrosos como la vida en el más allá, y con una mirada mirada indescifrable, oscura y marcada por el dolor que creció con sus décadas de errar y errar en medio del teatro, ensayando quizá, en la soledad de las madrugadas, alguna que otra obra que amara en vida, pero sin aplausos, sin risas, sin ovaciones, únicamente con la intangible presencia del espacio vacío, y ocasionalmente con uno que otro de los demás fantasmas que pueblan el Royal Drury Lane…

Pero eso no es todo; ya que, así como han visto su cabeza flotando, también han presenciado la aparición de su cuerpo sin cabeza: vestido con traje de payaso, y andando toscamente, torpemente como un borracho, como un montón de ectoplasma (o quién sabe qué tipo de energía…) sin la brújula de una mente, de una consciencia o de algo para ver, para discernir la realidad circundante.

En cuanto a la razón de que a veces se vea su cuerpo sin cabeza o viceversa, ésta es que Joseph Grimaldi, antes de morir y sabiendo (por su estado de salud) que partiría al otro mundo, pidió que, a su cadáver, lo enterraran con la cabeza y el cuerpo separados…

Por último, cuentan que también se le ha visto y oído en lo que alguna vez fue el cementerio St. James en Pentonville Road, pero actualmente, tras la desacralización del lugar, es el Joseph Grimaldi Park, donde aún permanece su tumba, caracterizada por la presencia de las dos famosas mascaritas (hechas en metal): la cómica y la trágica. Inclusive, los testimonios que avalan esto son tantos que hay fuertes evidencias, como un vídeo hecho por un investigador paranormal, dentro del cual pueden oír psicofonías en que supuestamente se escucha al “padre de los payasos modernos”

Una sonrisa que enmascara el llanto

Podemos ahora preguntarnos: “¿por qué pena Joseph?”. La respuesta no sería simple, pero puede pensarse que su amor por el teatro no le ha permitido partir del mundo, que la separación de su cabeza tuvo algún efecto en su cuerpo astral, y que está confundido (se supone que casi todas las almas en pena están confundidas). Sea como sea, lo cierto es que su espíritu no es feliz, y tampoco lo fue en vida pues, como cuenta el famoso escritor Charles Dickens en sus Memorias de Joseph Grimaldi, éste encarnaba la figura “del payaso triste que sobrelleva su infortunio con la risa profesional que pinta su cara”. Aquello no resultaba extraño si vemos cómo desde temprana edad el sufrimiento ensombreció su vida; escribe así Dickens sobre un episodio en la infancia y los inicios actorales de Joseph:  ‹‹El asunto concluyó con una severa paliza que hizo llorar de amargura al niño. Las lágrimas que corrieron por su rostro, cubierto de una gruesa capa de pintura “de dos centímetros de espesor”, transformaron tanto su aspecto que Joe ya no parecía ni un pequeño payaso ni un pequeño ser humano. De inmediato, lo llamaron a subir al escenario. Su padre, en pleno rapto de ira, no advirtió el estado en que su hijo subía a actuar, no hasta oír cómo el público estallaba de risa. Entonces, aún mas furioso, Grimaldi padre alzó a Joe y le propinó otra tunda, que hizo vociferar al niño. El público interpretó esto como una broma genial y los periódicos del dia siguiente afirmaron que era maravilloso ver actuar a un niño con tanta naturalidad, algo que hacía honor al talento de su padre como docente.››

En efecto, vemos que desde niño Joseph sufrió, cosa que también sucedió patentemente en el ocaso de su vida, cuando un delicado estado de salud —causado en gran parte por los sacrificios que hacía en el escenario para hacer llorar de risa al público— le fue impidiendo cada vez más moverse en medio de la actuación, al punto de que su última función la dio sentado; pero, aún así, su grandeza era tal que los espectadores volvieron a soltar carcajadas y a llorar de risa. Aunque distinto fue el caso de Joseph Grimaldi; pues él, pese a “cerrar con broche de oro” su carrera, tuvo que retirarse y apagarse lentamente en el olvido, con el corazón ahogado en un mar de lágrimas cuyas corrientes lo condujeron a penar año tras año en el teatro que abandonó con tanto dolor, volviendo a él luego de muerto: para mirar, con la cabeza flotando en la oscuridad, a los actores que quizá a veces le arrancaran una que otra inaudible sonrisa, aunque ésta no sea sino una máscara del llanto que carcome su alma en pena.

 

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